Etéreo
Abro los ojos, hinchados aún. Me cuesta ver el sol por la mañana, pero lo prefiero ahí, alumbrando la oscuridad de mis días. No podría soportar el gris perpetuo del cielo plomizo, agarrado a mis entrañas, la lluvia eterna colgada de mis pupilas como un pozo de bilis negra de espanto.
Camino huyendo de mi sombra, borrando mis huellas sobre el asfalto, tratando de no agitar el viento, de no rasgar el aire con la materia casi inerte que me da forma. Soy casi un fantasma, casi un suspiro. Soy el alma en pena que te sigue a todas partes, la esencia amorfa y vulnerable que se cuela entre tus labios y la boca que ahora besas como me besabas.
Llega la noche y te aproximas nuevamente, inexorablemente, en la rutina del beso. Y mientras te acercas, cuando ya puedo sentir tu aliento tibio y los ojos comienzan a retorcerse en su bizquera, me creo real, me creo de sangre. Me aprietas, me aprisionas entonces entre dos muros de carne. Y mientras me deformo, mientras me agitas con tu lengua, llenándome de una saliva destinada a otra, empiezo a comprender mi triste realidad de mujer invisible y cierro los ojos hinchados para que, por lo menos, no puedas intuir que ellos, aun siendo etéreos, también bizquean.

2 Comments:
A medida que pasan los días me complace más pasearme sobre el oscuro abismo en que te meces. ;)
Algo bueno tenía que tener tanto dolor.
(Te he enlazado desde mi página)
Un beso, Cristina.
H.
28 de agosto de 2004 19:36
Supongo que cuando uno coge aire para sumergirse en el agua no es consciente de que la soledad fría de la profundidad también aplasta por su peso.
Sal a la superfície, aunque sea para volver a coger aire, pero antes, si quieres, pásate por mi blog y quédate un ratito.
24 de septiembre de 2004 22:19
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